Manos unidas por el mundo

Una economía con rostro humano

Casi sin pensarlo, y hasta seguramente sin quererlo, uno puede caer en la red de la economía salvaje, del capitalismo salvaje. Uno pasa a ser un eslabón más en la cadena de producción en un sistema en el cual solo se pretende obtener una remuneración por el trabajo, sin importar nada de lo que se está haciendo, para quién se está haciendo y con qué fines se está haciendo.

Así fue que la vida un día me encontró siendo parte de una economía sin rostro humano, porque el otro importaba muy poco, porque el otro y uno eran solo parte de eso que giraba día a día, semana a semana. Una economía oscura en donde lo único importante era producir para ganarse la vida. Ante esa adversidad de la realización como ser humano, se me presentó una realidad diferente: una realidad de una economía con rostro humano, una economía decente y absolutamente responsable, inspirada por los mejores principios que el género humano tiene.

Desde ese día, es que dejó de ser importante para mí la jerarquización como modo de vida, algo impuesto por el sistema, algo que debería ser normal en nuestras vidas y aceptarlo así como es. Dejó de importar que la remuneración por mi trabajo sea cada vez más alta porque así mi esfuerzo lo merecía, sin pensar en los efectos del trabajo que uno hace con su esfuerzo, de los resultados de ese trabajo, de los verdaderos beneficiados por ese esfuerzo tan genuino y tan personal. Dejó de ser trascendente el crecimiento profesional y económico, en un sistema en el cual se trabaja solamente en pos de la rentabilidad; repartiendo aquello que con tanto esfuerzo se produce a intermediarios, que en un sistema honesto y responsable no son necesarios.

Ya no podía desde entonces hacer a un lado la mirada a esta situación, no podía esquivar la decisión inminente de dar un paso al costado de ese sistema salvaje, al cual cualquier ciudadano medio pasa a ser parte de él por el simple hecho de pertenecer.

La economía social, algo desconocido hasta ese momento, era el cambio que necesitaba. Algo que nunca nadie me había contado estaba ahí frente a mi, esperando a que diera ese primer gran paso. Me abracé a la idea y al principio de ganarme la vida de un modo gratificante y de trabajo en conjunto. Poniendo a valer la autogestión, la participación en las decisiones, la solidaridad, el trabajo con sentido y de respeto a la naturaleza; entendiendo que trabajando en cooperación es cuando el ser humano es más feliz…

Entendiendo que trabajar en cooperación es cuando el ser humano es más feliz.

¡Había encontrado por fin una economía con rostro humano!

Esa economía con rostro humano ya no era una economía que me exigía dar lo mejor de mí para la eficiencia y eficacia de algo que no me era propio. Por supuesto que me exigía algo mucho más difícil y desconocido que eso. Ser parte de la economía social me hizo asumir la plena responsabilidad por la construcción de un mundo mejor, donde prevalezca la armonía perdida entre el género humano y el medio ambiente, y la armonía entre los propios seres humanos.

Desde ese entonces, y para siempre, entendí que la economía social, y el cooperativismo como parte de ésta, es la alternativa de la esperanza, del trabajo decente y de la dignidad.

Más vale encender una vela que maldecir a la oscuridad.

2017-12-01

Lucas Ferraro

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